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La muerte de Sigsbee Manderson, un financiero implacable cuya influencia era tal que su deceso provocó el pánico en los mercados mundiales, es el punto de partida de una investigación liderada por el artista y detective aficionado Philip Trent. Tras analizar la escena en la mansión de Marlstone, Trent descubre pistas desconcertantes: Manderson salió de casa completamente vestido pero sin su dentadura postiza, y los zapatos que supuestamente usó esa noche estaban dañados de una forma que sugería que alguien con pies más grandes los había forzado. Utilizando técnicas de dactiloscopia, Trent vincula al secretario John Marlowe con la habitación de Manderson y la ventana de la habitación de su esposa, Mabel. Convencido de que Marlowe asesinó a su jefe impulsado por un romance secreto con Mabel —una sospecha que parece confirmarse por el colapso emocional de ella ante sus preguntas—, Trent decide sacrificar su reputación periodística y ocultar la verdad para proteger a la mujer de la que se ha enamorado, creyendo que el caso está resuelto bajo una lógica de pasión y traición.
Sin embargo, la resolución de la trama da un giro irónico un año después, cuando Trent descubre que Marlowe y Mabel no mantienen relación alguna y que sus deducciones iniciales eran totalmente erróneas. En realidad, ¿quién es el culpable?
El último caso de Trent funciona como una brillante deconstrucción del género policial clásico, subvirtiendo la figura del detective infalible. A diferencia de personajes como Sherlock Holmes, Trent posee todas las herramientas técnicas y la capacidad de observación necesarias, pero su subjetividad emocional y sus prejuicios románticos lo llevan a construir una narrativa falsa sobre hechos reales. La obra sugiere que la lógica pura es un instrumento frágil frente a la complejidad del carácter humano y el azar; Trent es capaz de identificar quién usó los zapatos o quién dejó las huellas, pero fracasa rotundamente al interpretar el "porqué" detrás de las acciones. Al final, Bentley utiliza la humillación intelectual de su protagonista para advertir sobre los peligros de las condenas basadas en evidencias circunstanciales, demostrando que incluso el esquema más "perfecto" puede ser una interpretación errónea de una realidad mucho más caótica.