Novela de Arnold Briggs (Pedro Víctor Debrigode Dugi, 1914-1982) publicada en 1953 por Editorial Bruguera en la colección Detective con el número 21. Tiene 122 páginas y costaba 5 pesetas.
Novela negra protagonizada por Archer Brumel, un detective que acaba de salir de prisión tras cumplir condena por un homicidio que en realidad cometió en defensa propia, al descubrir que su antiguo socio ocultaba una red de tráfico de drogas. La trama arranca en Nochevieja, cuando Brumel se topa en un bar neoyorquino con su viejo amigo Adrián Wilcox, acompañado de la enigmática Silvia Marcy. Poco después, Wilcox aparece muerto —aparentemente suicidado— y Silvia convence a Brumel de que se trata de un asesinato orquestado por su propia familia, los Marcy, quienes intentarían silenciar un secreto capaz de arruinar su fortuna y reputación.
A partir de ahí, Brumel se ve arrastrado a una investigación que mezcla el bajo mundo criminal (dos antiguos compinches de su socio lo acosan y torturan para que revele el paradero de un alijo de droga) con la corrupción de las clases acomodadas encarnadas por los Marcy. Silvia, que padece una grave enfermedad cardiaca, muere en circunstancias confusas y deja a Brumel una lápida de mármol rosa como legado, con la que parece confirmarse el fraude de los Marcy. Sin embargo, el desenlace da un giro: se revela que Silvia estaba mentalmente perturbada, que ella misma indujo el suicidio de Wilcox y que su muerte se debió a su dolencia cardiaca. Los rufianes son detenidos, Brumel queda exculpado y termina iniciando una relación con Ann, la viuda de Wilcox, a quien siempre había amado.
La novela funciona bien como pieza de género gracias a un protagonista sólido —el "héroe caído" en busca de redención resulta un arquetipo bien ejecutado— y a una ambientación de contrastes sociales bien trazada, entre los bajos fondos y la alta sociedad neoyorquina. El personaje de Silvia es el más rico de la obra, sosteniendo buena parte de la tensión narrativa gracias a su ambigüedad. Sin embargo, el desenlace resulta el punto más débil: la revelación final de que Silvia estaba trastornada y que gran parte del conflicto respondía a una construcción suya resuelve la trama de forma algo precipitada y apresurada, restando fuerza al planteamiento inicial sobre la corrupción de las clases pudientes, que queda más sugerido que desarrollado. Aun así, la prosa tiene pasajes de notable intensidad estilística y algunos personajes —empezando por los propios nombres— están construidos con cuidado simbólico, lo que compensa en parte las carencias estructurales del cierre.













