Novela de Keith Luger (Miguel Oliveros Tovar, 1924-1985) publicada en 1969 por Editorial Brugera en la colección Punto Rojo con el número 378. Tiene 124 páginas y costaba 9 pesetas.
Bill Lesser y Joe Howard viajan a Hollywood tras adquirir un castillo propiedad del otrora famoso director Orson Geller a cambio de unas acciones corporativas sin valor comercial. Al llegar a la calle Glendale, descubren que la propiedad está envuelta en un halo de misterio criminal que incluye el asesinato previo de Richard Malden y el persistente rumor de que un vampiro acecha el jardín. La situación se vuelve crítica cuando, poco después de tomar posesión, el decorador Milton Rosson es asesinado dentro de la mansión mientras los protagonistas interactúan con diversos personajes interesados en la finca, incluyendo al abogado Thomas Brennon y a una periodista.
Joe, cuya astucia supera a la fuerza bruta de Bill, sospecha que el castillo oculta algo mucho más valioso que su arquitectura, descubriendo finalmente un cargamento de heroína valorado en cinco millones de dólares escondido en el compartimento secreto de un sillón. La trama se complica con la intervención de las exesposas de Geller y el mafioso Gordon Hasler, revelándose en el clímax que la vecina Susanne Clifford y su joven amante Edward —quien utilizaba un disfraz de vampiro para aterrorizar a los ocupantes— eran los responsables de las muertes y el robo de la droga. Tras un violento enfrentamiento final donde mueren los principales antagonistas, Joe encuentra el amor con Miriam, la secretaria del abogado, mientras que Bill es contratado por los estudios de cine para interpretar, irónicamente, el papel de un vampiro.
La narración de Keith Luger se presenta como una sátira audaz que hibrida el género policial negro con elementos del terror gótico, utilizando la figura del vampiro no como un ente sobrenatural, sino como un artilugio de manipulación psicológica destinado a encubrir crímenes mundanos motivados por la avaricia. La dinámica entre la ingenuidad hercúlea de Bill Lesser y el pragmatismo oportunista de Joe Howard permite que la historia mantenga un tono ligero y humorístico a pesar de la acumulación de cadáveres. En última instancia, la obra sugiere que en el Hollywood de la época, los verdaderos "monstruos" no son las criaturas de las películas, sino los actores olvidados y los gángsters que, movidos por la decadencia y la ambición, son capaces de convertir una mansión en un auténtico escenario de pesadilla.













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