Novela de Erle Stanley Gardner (1889-1970) publicada en 1940. En España fue publicada en 1949 por Editorial Molino en la colección Biblioteca Oro de bolsillo con el número 5. La traducción era de E. Macho Quevedo. En 1961 vuelve a editarse en la colección Selecciones de Biblioteca Oro con el número 170.
Una tempestuosa noche de marzo, Perry Mason recibe una llamada a medianoche de un hombre que se hace llamar Cragmore, dispuesto a pagarle una fortuna con tal de que acuda de inmediato a su despacho. El desconocido resulta ser Robert Peltham, un arquitecto que acude acompañado de una mujer enmascarada y disfrazada hasta ocultar por completo su identidad. Peltham le ofrece dos mil dólares como anticipo y, mediante un billete de diez mil dólares cortado por la mitad, un contrato singular: Mason deberá representar a la misteriosa mujer si algún día ella se lo solicita, presentando la otra mitad del billete como credencial, pero sin conocer jamás quién es en realidad ni por qué necesita protección.
A partir de ahí, Mason se ve atrapado en un juego de identidades ocultas, informaciones a medias y un cliente —Peltham— empeñado en mantenerlo a ciegas mientras teje un plan que, según todo indica, ya estaba trazado de antemano. Pronto un caso criminal salta a la prensa y el abogado empieza a sospechar que guarda relación directa con el pacto sellado esa noche, obligándolo a averiguar, con la ayuda de Della Street y del detective Paul Drake, qué oscuro asunto se oculta tras la máscara y el billete partido, sin saber todavía a cuál de las mujeres implicadas debe verdaderamente defender.
El caso del anzuelo con cebo (1940) es una muestra depurada del oficio narrativo de Gardner: arranca con una escena de gran teatralidad —la lluvia, la llamada nocturna, el billete cortado— que funciona como anzuelo perfecto para el lector, tal y como el título anuncia con ironía. La premisa del contrato a ciegas es ingeniosa y permite a Gardner explorar, una vez más, su tema favorito: hasta dónde puede y debe llegar la lealtad de un abogado hacia un cliente cuya identidad ni siquiera conoce. Mason se mueve aquí con su astucia habitual, pero la novela gana interés precisamente por la incomodidad ética en la que lo sitúa Peltham desde el primer capítulo.
Como suele ocurrir en la serie, el andamiaje jurídico-procesal se combina con una intriga de identidades cruzadas que exige del lector una atención constante a los detalles aparentemente triviales —el numerito de teléfono, el ascensor, el billete de matrícula—, siguiendo la lógica deductiva característica del autor. No es de las entregas más recordadas de Perry Mason, pero cumple con solvencia la fórmula: ritmo ágil, diálogos chispeantes entre Mason y Della Street, y un enigma que se sostiene gracias a la contención con la que Gardner administra la información. Una novela de entretenimiento sólido, más valiosa por su mecánica de suspense que por su profundidad, pero efectiva en su propósito.

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