Novela de Franklin Ingmar (Francisco José Iñigo Martín) publicada en 1969 por Editorial Rollán en la colección Agente federal con el número 116. Posteriormente la reeditó Editorial Andina en 1976 en la colección FBI con el número 42. Tiene 96 páginas y costaba 20 pesetas.
La trama sigue al agente especial del FBI, Cliff Hudson, quien es enviado a Miami para investigar un incidente de seguridad relacionado con una red secreta de misiles submarinos "Nike X" instalada por la Armada de los Estados Unidos. La situación se vuelve crítica cuando Hudson descubre una serie de asesinatos que eliminan sistemáticamente a personas clave vinculadas al proyecto: el oficial de comunicaciones Leo Krasney, el agente del O.N.I. Dave Somers y el ingeniero nuclear Ed Milford. A través de su investigación y la ayuda de su contacto Serge Flynn, Hudson descubre que el entorno de seguridad ha sido infiltrado por agentes rusos, incluyendo a Mireille Lacy, quienes revelan que el verdadero peligro no es solo el espionaje externo, sino la inestabilidad interna del mando militar.
El misterio se resuelve al identificarse al Capitán Tim Rankin, el propio creador del proyecto, como el asesino de sus colegas, a quienes mató por considerarlos traidores o responsables de que el secreto se filtrara. En un acto final de demencia, Rankin se atrinchera en la sala de mandos en Tahiti Beach e intenta disparar los misiles nucleares para provocar una guerra total. Sin embargo, el lanzamiento fracasa porque los agentes rusos ya habían neutralizado el sistema días antes, inutilizando los proyectiles. Tras el fracaso de su plan, Rankin se suicida lanzándose contra una valla electrificada. Hudson finalmente logra que las altas esferas en Washington ordenen el desmantelamiento de la red, priorizando la seguridad ciudadana sobre la estrategia militar.
La novela presenta una crítica severa a la paranoia militar y al secretismo extremo característicos de la Guerra Fría. La narrativa utiliza el personaje de Rankin para ilustrar cómo el fanatismo ideológico y la obsesión por el poder bélico pueden derivar en una locura autodestructiva que pone en riesgo a millones de civiles. Es notable la ironía que plantean las fuentes: la seguridad de la nación no es garantizada por su propia tecnología de defensa, sino por el sabotaje de los enemigos, quienes terminan evitando una catástrofe nuclear iniciada por un oficial estadounidense. En última instancia, la obra sugiere que la verdadera amenaza para la paz no reside únicamente en los conflictos entre bloques, sino en la falta de control ético y democrático sobre las armas de destrucción masiva y en la deshumanización de quienes las gestionan.

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