
Novela de Silver Kane (Francisco González Ledesma) publicada en 1971 por Editorial Bruguera en la colección Servicio Secreto con el número 1072. Tiene 127 páginas y costaba 10 pesetas.
Tom Bussy, alias "Bus", es un reportero de treinta años en horas bajas: una promesa juvenil que el periodismo de provincias de Baton Rouge fue apagando poco a poco hasta convertirlo en un don nadie. Su suerte cambia cuando presencia el ahogamiento de un hombre en Marone Point, en cuyo rescate participa también una atractiva desconocida. El cadáver resulta ser Peter Ley, una figura de segundo orden en los bajos fondos de Luisiana, ligado a negocios de trata de mujeres. Lo que parecía un accidente se revela, gracias a la autopsia, como un asesinato disimulado: un golpe en la nuca que las autoridades quieren hacer pasar por ahogamiento fortuito.
A partir de ahí, Bus intuye la oportunidad de su vida —el reportaje que podría rescatarlo del fracaso— y se lanza a tirar del hilo, cruzándose con la misteriosa Selene, con el millonario celoso Lionel Rossental, con el pequeño Jimmy y con la sombra de una organización criminal que opera bajo tapaderas respetables. La investigación lo arrastra a un terreno cada vez más peligroso, donde nadie es exactamente quien parece ser y donde Bus deberá decidir hasta dónde está dispuesto a llegar para dejar de ser, por una vez, alguien irrelevante.
La novela funciona dentro de los códigos más reconocibles del pulp criminal de Silver Kane: narrador en primera persona, autodesprecio constante como recurso cómico-melancólico, un submundo de gánsteres con tapadera institucional y una femme fatale que condiciona cada giro de la trama. El interés principal no está en la originalidad del esquema —bastante convencional en su arquitectura de misterio y ajuste de cuentas final— sino en la voz de Bus: un antihéroe fracasado cuyo humor amargo y autocompasión sostienen el ritmo del relato mejor que la propia intriga policial. El desenlace, con su golpe de ironía sobre el dinero falso y la resignación tragicómica del protagonista, es coherente con el tono general: ni el crimen ni el heroísmo redimen del todo a un personaje construido, desde la primera línea, como un perdedor consciente de serlo. Es un ejemplar menor pero efectivo del género, más interesante como retrato de voz narrativa que como pieza de suspense.
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