Novela de Elliot Dooley (Enrique Martínez Fariñas, 1925-1985) publicada en marzo de 1984 por Editorial Bruguera en la colección Héroes del espacio con el número 202. Tiene 95 páginas y costaba 60 pesetas. Luis Almazán ilustra la cubierta.
La novela arranca con una expedición científica al Himalaya en busca del Yeti. El grupo lo forman un hindú idealista, una parapsicóloga, un escalador, un médico y un zoólogo cínico que va como agente de intereses oscuros. La expedición se rompe por una disputa: unos quieren matar a la criatura y otros capturarla viva. Lo que los supervivientes encuentran en el interior de la montaña no es un animal, sino un ser telépata de origen extraterrestre. Es un «Centinela» destacado en la Tierra para vigilar a la humanidad, y les propone una misión: ayudarle a evitar que el planeta se destruya a sí mismo. Tras un periodo de adiestramiento mental, los protagonistas se reparten el mundo y crean movimientos pacifistas, deportivos, espirituales y curativos para captar adeptos.
Mientras tanto, la novela alterna esta línea con la de sus adversarios: una asamblea secreta de magnates, militares y jefes de policía que ya controla el gobierno mundial. Al notar que algo se les escapa, responden con espionaje telepático, cascos de corcho, bombardeos y trampas cada vez más crueles. El pulso se convierte así en una guerra de ocultamientos y persecuciones entre dos bandos que se leen la mente, con la duda de fondo de si los protagonistas, tan altruistas, sabrán estar a la altura cuando los métodos del enemigo no admitan escrúpulos.
Es una lectura ágil, de ritmo rápido y con ideas atractivas. Funciona bien la inversión del mito del Yeti, que pasa de bestia a tutor, y el recurso del corcho como defensa contra la telepatía, que da a la parte final un pequeño juego de ingenio. También tiene el valor de época de ser un alegato pacifista contra el poder económico y militar concentrado, escrito en plena tensión de los años ochenta. Pero es una obra de consumo y se nota. Los villanos son caricaturas (el rey del acero, el del petróleo, el de las drogas) y apenas tienen más motivación que la maldad. Los héroes son planos, casi intercambiables. La telepatía lo resuelve todo con demasiada comodidad, y buena parte de lo importante se cuenta en largas exposiciones en vez de dramatizarse. Además, el planteamiento es paternalista: la salvación viene de una inteligencia superior que trata a la humanidad como a una niña, lo que contradice la defensa de la libertad que la novela proclama. Hay también un exotismo algo tópico en el tratamiento de lamas, sherpas y africanos. Aun así, como entretenimiento de kiosco, con su ingenuidad y su sinceridad moral, tiene cierto encanto de época. Es más interesante como documento de una ciencia ficción española de bolsillo que como novela por derecho propio.
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