
Novela de Keith Luger (Miguel Oliveros Tovar, 1924-1971) publicada por Editorial Bruguera en junio de 1968 dentro de la colección Punto Rojo con el número 322. Tiene 127 páginas y costaba 9 pesetas. Miguel García ilustra la cubierta.
Es una novela negra con fuerte componente de comedia ambientada en el Hollywood de estudios de la época dorada. Sus protagonistas son Jim Becket y Nat Markins, dos buscavidas sin blanca que malviven de trapicheos varios. Una confusión los lleva a los estudios Petromix, donde Jim es tomado por un detective de la agencia Middlett y acaba enterándose de que la gran estrella Martha Shanon recibe anónimos amenazantes cada vez más explícitos sobre su muerte. Sin proponérselo, Jim termina convertido en su guardaespaldas improvisado, mientras Nat consigue un papel como extra —con cuernos incluidos— en la superproducción «Teodora, emperatriz de Bizancio» que Martha está a punto de rodar.
A partir de ahí, la trama se puebla de un elenco típico del Hollywood de ficción: el jefe de producción Gallagher, el director Flip Mulligan, el playboy exmarido Jeff Florent, la rival Selena March y el turbio detective Middlett. Una muerte violenta durante una fiesta —la de un tal Hugh Linder— parece resolverse rápidamente como caso de legítima defensa, pero Jim no queda convencido y decide investigar por su cuenta, convencido de que hay algo que no encaja en la versión oficial y en el propio entorno del estudio.
La novela toma la estructura del misterio de detectives (con ecos evidentes de Chandler o de la fórmula Perry Mason) y la cruza con la comedia de parejas cómicas, apoyándose en el contraste entre el ingenio verbal de Jim y la brutalidad cándida de Nat. El resultado es un libro de ritmo ágil, diálogos chispeantes y ambientación satírica del Hollywood de estudios —el rodaje, los egos, los contratos leoninos— que se lee con facilidad y sin pretensiones.
Sus limitaciones son también las típicas del género: los personajes secundarios apenas tienen espesor más allá de su función en la trama, el misterio se sostiene más por el efecto sorpresa que por un juego de pistas justo con el lector, y el humor de Nat, aunque efectivo como alivio cómico, a veces le resta tensión a los momentos que deberían generar suspense. Aun así, dentro de su categoría de literatura popular de consumo rápido, cumple su cometido: entretener sin exigir demasiado, con un cierre de acción física bastante propio del noir de kiosco. Encaja bien en la línea de pulp policiaco-humorístico de su autor que ya hemos visto en otros títulos similares.
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