
Novela de Peter Debry (Pedro Víctor Debrigode Dugi, 1914-1982) publicada en 1951 por Editorial Bruguera en la colección Servicio Secreto con el número 56. Tiene 140 páginas y costaba 5 pesetas.
La trama se inicia con el asesinato del agente del F.B.I. Patrik Market a manos de Casey Compton, un corredor de bolsa que, tras fracasar en los negocios, se convierte en el cerebro de una banda criminal. Para asegurar su impunidad y el botín de un atraco, Compton y su socio Dude Lester eliminan a sus propios cómplices antes de huir hacia Río de Janeiro. Paralelamente, Clifford Market, hermano del agente asesinado y miembro del C.I.A., recibe la misión de investigar la desaparición de aviones experimentales equipados con un termorreactor. El destino reúne a Clifford, bajo una identidad falsa, con los asesinos de su hermano y con el magnate Ronald Kemper en un vuelo que es derribado sobre la selva amazónica por una fuerza invisible.
En la selva, los supervivientes son capturados por el científico Stanley Briggs, quien ha desarrollado un rayo paralizador con el fin utópico de forzar la paz mundial neutralizando cualquier tecnología bélica. Gracias a la intervención de Irasema de Cunha, una mujer que vivía con la tribu Arará, Clifford logra liberar al grupo, provocando que Briggs destruya su laboratorio y su vida para evitar que su invento sea mal utilizado. En el clímax de la huida, Compton y Lester intentan secuestrar a Dalila Kemper para exigir un rescate, pero Clifford descubre su culpabilidad en la muerte de su hermano gracias al uso de un método de tortura con "pippermint". Finalmente, Kemper abate a Compton, la justicia se impone y los protagonistas regresan a la civilización bajo un estricto juramento de silencio impuesto por la seguridad nacional.
La obra funciona como una amalgama de suspenso criminal y ciencia ficción utópica, reflejando las ansiedades tecnológicas de la posguerra. Desde una perspectiva crítica, el motor narrativo no es solo la aventura, sino el conflicto ético del progreso: el personaje de Stanley Briggs encarna la paradoja del "pacifista violento", alguien dispuesto a sacrificar vidas individuales en nombre de un fin superior, la paz eterna. Este idealismo choca frontalmente con el materialismo nihilista de Compton y Lester, quienes representan la degradación moral de una sociedad obsesionada con el éxito económico.
La resolución de la historia refuerza una visión del mundo donde el heroísmo individual y la lealtad familiar (personificados en Clifford y Kemper) son las únicas fuerzas capaces de restaurar el orden frente al caos de la selva y la ambición humana. Sin embargo, el final deja un sabor agridulce: los avances científicos asombrosos son enterrados por el secretismo estatal, sugiriendo que la humanidad aún no está preparada para herramientas que puedan terminar con la guerra, prefiriendo mantener el "miedo y la desilusión" como mecanismos de control geopolítico. En última instancia, la selva actúa como un juez moral que desnuda las verdaderas intenciones de cada personaje, dejando solo a aquellos capaces de equilibrar la frialdad del deber con la calidez de la humanidad.
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