miércoles, 24 de junio de 2026

Los cazadores de cabelleras (The Scalp Hunters: A Romance of the Plain). Thomas Mayne-Reid

Novela de Thomas Mayne-Reid (1818-1883) publicada en 1851. Fue adaptada al comic en 1973 por Editorial Bruguera dentro de la colección Joyas Literarias Juveniles con el número 66. La adaptación es de Miguel Cussó Giralt y los dibujos de José Grau. Antonio Bernal ilustra la cubierta. Tiene 30 páginas y costaba 15 pesetas.

La novela narra en primera persona las aventuras de Henry Haller, un joven norteamericano que viaja al Lejano Oeste en compañía de comerciantes de la pradera con destino a Santa Fe. A lo largo del trayecto, Haller se ve envuelto en una serie de peripecias que lo forjan como hombre de frontera: una estampida de búfalos que lo arroja literalmente sobre el lomo de uno de ellos, una trampa de arenas movedizas de la que lo salva su caballo Moro, y la llegada a Santa Fe, con sus bailes y sus costumbres mestizas. Más adelante se une a la banda del misterioso mestizo Séguin, un cazador de cabelleras que opera en la frontera entre Nuevo México y los territorios indios, donde los ataques de los navajos y apaches constituyen una amenaza constante.

En la segunda parte, la acción se vuelve más oscura y violenta. Haller se enamora de Zoé, la hija menor de Séguin, mientras que la hija mayor —conocida como "la reina"— lleva años cautiva entre los navajos, tan indianizada que ya no reconoce a su familia. Tras un ataque navajo que termina en captura, Haller y varios compañeros son hechos prisioneros y condenados a morir en el ritual de la "carrera de las mazas". Con la ayuda de su caballo Moro y una fuga audaz, Haller escapa y se reúne con una expedición de rescate encabezada por el propio Séguin. El asalto final a la ciudad de los navajos libera a los cautivos blancos y, en el momento culminante, la música de una vieja canción de cuna española desencadena en la hija mayor el retorno de la memoria perdida, reconociendo por fin a sus padres.

Los cazadores de cabelleras es una novela de aventuras de factura eficaz, y el relato en primera persona imprime al texto cierta frescura documental: Mayne Reid, que viajó realmente por el Oeste americano, maneja con solvencia la descripción geográfica y etnográfica. Las escenas de la pradera —la estampida de búfalos, la fiebre del cazador, la vida en el vivac— tienen una energía plástica genuina que explica el éxito popular del libro en su época. Sin embargo, la novela no escapa a las tensiones ideológicas propias del género: la frontera se representa como un espacio de iniciación viril donde el civilizado se endurece, pero a costa de normalizar la violencia colonial. Los indios oscilan entre la figura del enemigo feroz y el buen salvaje pintoresco, sin llegar nunca a una caracterización compleja; su masacre final se narra sin conflicto moral. La trama sentimental —el amor de Haller por Zoé, el reencuentro de la familia Séguin— cumple una función redentora que cierra la violencia con un barniz de sentimentalismo, y el episodio del retorno de la memoria a través de la música revela la deuda del autor con el melodrama romántico más convencional. En suma, la novela funciona bien como crónica de aventuras y como documento literario de la mitología del Oeste decimonónico, pero su interés crítico reside precisamente en esa tensión no resuelta entre la mirada fascinada ante la naturaleza salvaje y la justificación implícita de la expansión anglosajona.

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